Christopher Hansard se especializó en una antigua tradición tibetana conocida como Bön a través de la cual, la persona puede alcanzar la serenidad. A ese estado de gracia sólo se puede llegar por un camino: la superación de todos los miedos. Los hay a millones, algunos obvios, y otros ridículos, pero todos son miedos que nos impiden avanzar. Y peor aún, inconscientemente impiden que los demás avancen. El miedo, como lo antagónico del amor, nos empuja a ciertos abismos tristes cuando dejamos que las relaciones que podrían ser fantásticas se enmarañen con obstáculos que sólo la ignorante presencia del ego humano es capaz de crear. Del libro de Hansard, El Arte Tibetano de la Serenidad, me quedo, por el momento, con una frase: "Intenta siempre mostrar afecto por el corazón que te ha herido y no hieras (jamás, añado yo) al corazón que te ama". Es uno de esos principios nobles que todos deberíamos tener presentes. Difícil de cumplir, pero no imposible. Hoy domingo, día de un Arcángel del que, dicen, todo lo puede y protege, puede que sea el momento idóneo para comenzar a poner en práctica esta filosofía. Mientras, suena Fred Bongusto cantando Una rotonda sul mare; el viento, afuera, nos trae los primeros fríos del otoño; mi maestro se muestra impasible pero profundamente bondadoso con su presencia, enfrente de mí; y la planta que nació de unas semillas de chirimoya crece, jovial y verde, recordándome que cada cosa y cada ser tiene su ritmo y su evolución. Y que verlos radiantes sólo es cuestión de saber regarlos poquito a poco y no encharcarlos. El afecto y el aprecio, amor, al fin y al cabo, siempre. Siempre.
