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EL LIGERO ENCANTO DEL ATREVIMIENTO


Pioneer Rocks Reef. Australia. Copyright foto:Teresa Morales.
No recuerdo muy bien cuánto pagué por aquella excursión, pero sé que era lo suficientemente asequible para contratarla  sin alterar demasiado el presupuesto después  del pastón que me costó sobrevolar la barrera de coral en helicóptero el día anterior. Aún así, acabé subiéndome a un barquito donde conocí a una francesa cuya madre era una de las jefas en París de la misma revista para la que yo trabajaba en aquel entonces. ¡Casualidad! El par de chicos que tripulaban aquella simpática nave repleta de jóvenes ansiosos por encontrar nuevas experiencias nos decían que no había nada de lo que preocuparse. Nada. Yo, sin embargo, experta en pisar tierra y novata en el mundo marino, no lo tenía tan claro. Llegamos hasta el punto en el que se suponía que veríamos una minimísima parte de la belleza de los fondos marinos australianos. Nos cambiamos en la cubierta, como Dios nos dio a entender, con los pudores o las vergüenzas de cada continente tan expuestas como la gaviota que decidió acompañarnos durante el trayecto. Con bikini, aletas, gafas y tubo, lo único que quedaba era echarse al mar y dejarme llevar hacia un mundo nuevo del que tanto había oído hablar a mis hermanos. Al principio no respiraba. Creo que hiperventilaba. Y cuando se me ocurrió pensar en los tiburones, hasta dejé de escuchar el silencio. En su lugar, surgió el galope de mi corazón, con tanta intensidad que, creo, debió asustar a la fauna acuática que se había acercado a observar a aquel ser extraño, yo. Después de algunos minutos conseguí controlar la respiración, los pensamientos y hasta la presencia potencial de los tiburones y las medusas asesinas por las que, aunque parezca mentira, tuvieron que cerrar la playa unos días antes. Allí, con la única ligereza de mi cuerpo, al descubierto y frágil, flotando sobre la vida, cincelada por un suave movimiento de pequeñas olas, y cerca de una pared tan frondosa de árboles como el cielo de estrellas, encontré la delicadeza y espectacularidad de lo que habitualmente no se ve. Amarillos, verdes, azules, turquesas, malvas, rosas, naranjas... Una gama de tonalidades brillantes, de formas caprichosas y geniales. Peces, algas, corales... Jamás lo hubiera visto si no me hubiera atrevido. Jamás lo hubiera creído. Jamás lo hubiera imaginado tan seductor como lo es en verdad. Aunque para llegar hasta ahí tuve que cruzarme un planeta entero, zambullirme en un medio que no dominaba y, sobre todo, quitarme los temores a dejar de ser. Casi, casi igual que cuando la vida nos llama para embarcar en el viaje interior con rumbo a lo más noble de nuestro ser. 

MUJERES QUE INSPIRAN A MUJERES

Melbourne. Copyright foto: S. Martínez.
Este es el título con el que quise introducir la primera clase del taller Hoy Yo También Cuento de esta nueva temporada 2013. Un taller que ya va por su tercera edición y que, poco a poco, infunda ánimos, entretenimiento y cierto entusiasmo entre las participantes. Es cierto que no es una actividad con numeroso público, pero las mujeres que se acercan hasta aquí (un Centro de Día para Personas Mayores), las que continúan después de dos años e, incluso, las nuevas, lo hacen con la esperanza de aprender, de contar, de escuchar y de compartir. Lo hacen desde la humildad y la sencillez, con su alegría y vitalidad. A veces también con sus desesperaciones y tristezas. O hasta con sus anhelos que, en ocasiones, se quedan encerrados en el cuarto de estar de la casa o sobre una mesilla, al lado de un libro que invita a soñar por mundos de fantasía. Todas vienen, o debería decir, venimos, con el corazón abierto, entregado a conocer algo más de la vida. Porque en el oficio de escribir y de contar hay que intentar ser lo más inspirador posible. Algunas veces para que el lector obtenga la fortaleza que necesita en su día a día; otras, para saber consolarle o para darle ejemplos de historias que, incluso siendo de ficción, son parecidas a la suya. La literatura, por tanto, funciona como un bálsamo, o como un río, por el que es bonito navegar y dejarse llevar. Viendo lo que acontece a ras y a los lados de la corriente. Valores, emociones y sensaciones humanas que, con mayor o menor similitud en las formas, acaban siendo los mismos para todas. Por eso, da igual si Zsa Zsa Gabor se casó nueve veces o si tuvo diamantes para aburrir porque en el fondo de su alma es una mujer que ama, siente, conoce la soledad, la tristeza, la esperanza, la ilusión de los retos nuevos, la desdicha de las despedidas, el amor en su esplendor y el inquietante estado de la incertidumbre. Es una mujer como nosotras, como cualquiera de nosotras. Esta vez, como les digo, hablaremos de mujeres que inspiran a mujeres. De personajes femeninos que como cada una de las féminas que acude a este taller las tardes de los jueves, construyeron sus vidas desde el esfuerzo, el coraje y el optimismo. Lidiando con las rachas negativas, para transformarlas en algo aleccionador o, al menos, útil y servicial. Y compartiendo las épocas más alegres y abundantes con una generosidad y un amor que todas las mujeres, de ficción o reales, acabamos demostrando siempre. Y da igual si hablamos de una Santa como Teresa de Ávila (¡la original, no yo!), o de una actriz como Zsa Zsa Gabor; o de una mujer inventada por Virginia Woolf, o de alguna de la peregrinas reales que han hecho el Camino de Santiago. Las mujeres hacemos magia con la vida y aquí, en este taller, acabaremos viéndolo y sobre todo, inspirándonos. Unas de otras, porque todas, al final, como una serie de Matriuskas, tenemos algo que enseñar y muchas, muchas cosas que aprender. 

REFLEXIONES EN TORNO A UN MOMENTO BREAK























Jerry's Milk Bar. Elwood. Melbourne. Copyright foto: S. Martínez. 
Cuando el padre de Antonia se compró una radio Marconi, no tenía muy claro en qué consistía aquel invento, pero sí sabía que el precio que había pagado por aquel aparato era lo suficientemente alto como para tenerlo a buen recaudo de los más pequeños. Así que instaló el transistor en lo alto de la estantería, allá, donde nadie pudiera acercarse para tocarlo. Cuando las voces de los locutores comenzaron a salir por el altavoz, inundando el salón de un batallón de personas a las que se oía, pero no se veía, el padre de Antonia casi se volvió loco intentado averiguar por qué rendija de todas esas tan pequeñas saldrían los que allí estaban metidos y hablaban, cantaban o contaban novelas dependiendo de la ocasión. ¿Por qué no saldrá a bailar ese que está cantando y por lo menos le vemos? Se preguntaba el buen hombre. La bisabuela de Rosa tampoco atisbaba a imaginar cómo funcionaba exactamente aquel invento y lo único que conseguía deducir era que esos que hablaban no estaban en el mismo lugar que ella, así que enseguida llegó a una conclusión: seguramente, podría hablar con su hijo, el que vivía en Madrid, si se ponía cerca de la máquina. Sí, así era antes. No entendían, pero preguntaban o, al menos, se interrogaban. Ahora, la cosa es bien diferente. Muy pocos son capaces de explicar cómo funciona una radio y mucho menos de qué manera se realiza una transmisión de datos tan veloz como la de internet que permite recibir en España, en  menos de un segundo, un mail que acaba de escribir una persona de Australia. Nadie sabe cómo es, pero lo damos por hecho, aceptando como normal la tecnología del está, pero no se ve. La vida ha pasado a ser inalámbrica, como una transparencia vegetal. Y no nos asombramos de los avances, cuando en realidad, cada nuevo descubrimiento, científico o natural, es abrumador como esas primeras radios Marconi de las que salían voces y sonidos inquietantes. Ojalá algún día consigamos recapacitar sobre todo lo que ocurre a nuestro alrededor y nos demos cuenta del fascinante mundo que nos rodea, admirarlo y agradecer que cada día, en cada rincón de algún pueblo y ciudad, hay alguien que descubre algo que nos ayudará a modificar la realidad. Para mejor, of course. 


PEQUEÑA HISTORIA PARA UN GRAN DÍA

De Alice Springs a Uluru. Desierto australiano.
Copyright foto: S. Martínez.

Hay personas que hablan con los árboles. Yo soy una de ellas. Los abrazan y escuchan. A veces, colocan entre los huecos de la corteza del tronco deseos escritos en un papel. En otras ocasiones, simplemente los observan. Al árbol en sí, no a los deseos. Siempre, los admiran. De allí o de aquí. Aislados, como esta maravillosa joya que me encontré en mitad de la autopista solitaria del desierto australiano. En grupo, como los pinares que rodean las pequeñas aldeas de mi provincia natal. Débiles en apariencia, fuertes en su interior; vitales en sus hojas y ramas; más calmados y minimalistas… Árboles a los que hoy, no sé por qué, les quiero dedicar una historia que acabo de recuperar del baúl virtual. Un pequeño relato para un gran día primaveral. El de Natasha, que nació a orillas del Volga, en un pequeño pueblo de nombre impronunciable e inviernos gélidos. Hace ya, tanto tiempo, que ni ella es capaz de recordar la fecha exacta. Hoy, apenas se levanta de su mecedora de madera, enfrente de una ventana que da a los bosques que tantas veces vio retratados en la casa de su primer amor, el gran Gudev. Ni hijos, ni mucho menos nietos, pero sí tiene dos gatos: Aleksei y Grigory. Por las noches, los felinos se van de paseo y bordean el jardín hasta llegar a una colonia vecina donde habitan seis familias. Sus pasos, entre el silencio, retumban como una granizada en mitad del verano, de tormenta inesperada y refrescante, y a veces, despiertan incluso a la más dormilona de las mujeres: Natalie. Una escritora que alimenta su fantasía a base de copos de avena y decora la fachada de su casa con carteles de otras épocas que enmarca para congelar la historia y admirarla sin prisas y sin pausas. Ha escrito decenas de libros porque, según cuentan, las palabras le acompañan a todas horas en un desfile constante alrededor de su aura y ella no tiene más remedio que capturarlas en el aire para plasmarlas en un papel, dándoles forma y modelando así, una realidad gris que se convierte, poco a poco, en un paisaje multicolor. Como el que envuelve las nieblas de amanecida a orillas del Volga, en un tramo en el que una matriuska, de nombre Natasha, adormece su cotidianidad evocando historias de buenos días...

DE METACUENTOS Y OTRAS HISTORIAS

Autorretrato. Whitsundays Islands. Copyright fotos: Teresa Morales

Aún hay mucha luz, en esta tarde de finales de julio, cálido, que no caluroso. Me llega algún mail de amigas que están en Italia y quieren visitar a la vechia signora. Roma, con todo su encanto y esplendor, a la espera de que yo sea capaz de aconsejar bien sus virtudes y recovecos más atractivos y apreciados. Tenía la mente tranquila y la ambición romana algo dormida, después de unos días en el norte, al arrullo de olas que forjan una costa con sabor a mar y bosques. Y, de pronto, como por arte de magia, se presentan sin avisar las vias y vicolos de la Ciudad Eterna, entre mis papeles, libros y carpetas del despacho y del ordenador. Se abrió una ventana, la que pone "Relatos" y apareció una historia que nació a finales de junio, a orillas del Tiber. Un cuento que se cocinó en el centro de la ciudad, aunque no en la parte histórica, sino en uno de los viales principales que alberga varios edificios de los años 50. En uno de ellos, en concreto el que las oficinas municipales identificaron con el número 38, hay ocho pisos con viviendas a las que se entra atravesando puertas de madera, perfiladas con remates negros, casi nacarados, y una escalera principal que se abrió paso en el hueco de la estructura principal con una curva sensual, más propia de las caderas de las mujeres de Lempicka que de la mente de un arquitecto que, por aquel entonces, lloraba a todas horas por la ausencia de un amor que nunca supo retener. En aquel edificio, en cuyos buzones aún queda el diseño art decó de apellidos ilustres como el de los intelectuales Feltrinelli, hay un patio de luces. En cada planta, más de diez ventanas que desembocan en los entresijos de unas historias personales de voces, gritos, risas y llantos. En el quinto piso hay cuatro ventanas niqueladas en un azul petróleo que brilla sólo en los días grises, y en el sexto, una cuerda de tender sirve de apoyo para una docena y media de pinzas rojas que nadie usa desde hace cuatro meses. Desde el tercero, salen volando todas las mañanas satélites de aroma a canela y vainilla que el señor Bonare, el pastelero, dirige en una sinfonía de esencias dulces y golosas. Y llegan, como por arte de magia, hasta el despacho de la chica que habita, a temporadas, en la última planta. Se cuelan, sin permiso, entre sus montañas de papeles y sus colecciones de libros, acariciando delicadamente sus páginas entre anís y azúcar glacé. Aromas de coco rallado, de cacao y menta, de gotas de limón y naranja que se abrazan en un gemido con las mil y una letras de una máquina de escribir desde donde surgen historias de madres e hijas. Una mañana, aquella fórmula de fragancias evocadoras a tartas y pastelitos de media tarde se condensó en el aire para, a los pocos minutos, descargar una lluvia de caricias y sabores. Palabra, esta última, que empezaba con la misma letra de la primera palabra del cuento que, por aquel entonces, la escritora extranjera del segundo había recopilado de su historial de cartas que le había diseñado a su madre y que, en esos momentos, estaba a punto de enviar a otra hija que lloraba la ausencia de una madre que, a pesar del tiempo transcurrido, nunca llegó a irse del todo. Cuento que comenzaba diciendo así:


Siéntate, tengo que contarte algo. Madre e hija se reunieron en la mesa del comedor, frente al gran ventanal. Las tazas de té humeaban. En el cuenco del centro sólo quedaban dos nueces. Una mosca revoltosa jugaba a darse cabezazos contra el cristal de la lámpara. Afuera, el viento soplaba con ímpetu y chocaba contra las rejas del balcón. Se oían los motores de los tractores vecinos y algún que otro coche que cruzaba la carretera a más de la velocidad indicada. Apenas había luz natural pero la penumbra de la mañana enfocaba las miradas lo suficiente como para que pudieran entrever más allá de las palabras. Durante una hora, la madre habló y la hija escuchó. La historia era un precioso cuento acerca de los ideales que se desvanecen, de las luchas que nunca acaban, de la capacidad para renovar vitalidad mientras la propia vida golpea, de la habilidad para adaptarse al sufrimiento y convertirlo en fortaleza, de la virtud de hacer papiroflexia con la mente hasta doblarla en cuantos pedazos uno quiera… Y así, durante un buen rato, madre e hija se descubrieron, acercándose más. Mientras, el sol recobraba el trono de astro rey y dejaba caer un rayo por el ventanal del comedor. Cuando se levantaron, ya no había nueces en el cuenco y el té sólo era un mero recuerdo humeante, una bolsa de hierbas mojadas, fría y desteñida. La mosca ya no estaba. Y el silencio se sumó a la charla, acompañándolas.

EXTRACTOS DE LA REALIDAD

Asfalto. Melbourne. Copyright foto: Teresa Morales

A los doce años, el antropólogo y fotógrafo Martin Gray vivía en la India y crecía haciendo excursiones a cuevas, templos y lugares sagrados del país y de los vecinos Nepal y Kashmir, solo o en compañía de sadhus y otros personajes místicos. Por aquel entonces, sus lecturas eran textos acerca del hinduismo y el budismo. Aquellas filosofías le llevaron a confirmar su sueño, el que trazó entre olores a inciensos y abluciones matutinas, de que, algún día, se dedicaría a recorrer el planeta, observar, descubrir historias, fotografiar rincones y transmitir, de esta forma, el mensaje y los misterios más sagrados del planeta. De aquel sueño, hoy existen testimonios gráficos publicados por National Geographic Society y, muchos de ellos, recogidos en un maravilloso libro titulado Sacred Earth, Places of peace and power. En la contraportada aparece, curiosamente, un fragmento de las murallas de Ávila, villa de la que, dice el autor, era una ciudad sagrada para los celtas, mucho, mucho antes de que llegaran los romanos. Ubicada a 1.130 metros de altitud sobre el nivel del mar, sus formaciones graníticas y su tradición de ser cuna de grandes místicos, la envuelven, en efecto, en ese aura pacífico que tiene el silencio. Aquí, es cierto, no está mi árbol favorito de villa Borghese al que abrazar y ni, tan siquiera, el altar surrealista (por la ubicación) y salvador (por su aparición) de Sin City, sin embargo, en cada uno de sus rincones, como en aquellos en los que ha estado Mr. Gray, encuentro un refugio propio de fuerza y armonía. Sí, cierto, gracias por recordármelo. Ayer, sin ir más lejos, acuérdate, me bastaron cinco minutos a pie para llegar hasta la orilla del río donde, por sorpresa y sin invitación, me encontré en mitad de un concierto de ranas. El acomodador me dijo: Pase y siéntese. Y eso hice. Me coloqué en un banquito de madera con vistas a los arbustos salvajes que dan cobijo a los patos mientras el caballo marrón hacía aparición sobre el escenario en busca de la yegua blanca. El sol me calentaba la espalda y el agua corría, sin demasiada fuerza, pero sin rendirse a los calores de la primavera tardía, a través de un cauce de cemento. No vi los peces, pero a cambio observé cientos de letras que flotaban sobre el agua, como una regata de veleros, y en cada golpe de corriente formaban palabras y frases que hablaban de una niña a quien un tornado la trasportó a un mundo de enanos, personajes, miedos y fantasías que sólo un mago, el de Oz, podía liberar. El mago, al final, resultó ser un “peinacabras” sin demasiado poder pero con la furbizia suficiente para aparentar ser más de lo que era y erigirse en un ídolo, remedio o solución infalible, de quien quiere cambiar y mejorar y no sabe cómo. Tal vez, el camino de losetas amarillas llevó a Dorothy hasta la simple conclusión de que "como en casa no se está en ningún sitio", y ahí acabó el cuento. Pero le proporcionó la fortaleza de atreverse a dar los primeros pasos y recorrer un mundo de lugares poderosos y sagrados donde todos los que salían a su encuentro tenían algo que decirle y enseñarle. De unos, como me dijeron hace mucho tiempo, se aprende lo que se tiene que hacer. De otros, lo que no. Pero esta es la historia de otro día porque la de hoy me transporta hasta el templo de las Inscripciones en Palenque (México), la zona de Tiwanaku (Bolivia), la cueva de Sanbangsa (Corea), el templo de Izumo Taisha (Japón), la montaña Adam en Sabaragamuwa (sri Lanka) y el sonido del Ganges cruzando la ciudad sagrada de Varanasi donde la corriente, en cada golpe, construye palabras y frases que narran el periplo de una freelance a quien sus sueños viajeros la transportan siempre a un mundo de sensaciones con forma, a veces, de caja mágica de cristal.

LA INCANDESCENCIA DE LO SAGRADO

Teresa Morales a los pies de Uluru. Copyright foto: Sonia Martínez

Catherine Freeman, de nacimiento también, Astrid Salome Freeman, es una mujer australiana de genética y rasgos aborígenes. Nació en Slade Point, muy cerca de las maravillosas Whitsunday Islands que presumen de tener la arena blanca más fina de todo el mundo. Y, a juzgar por lo que mis dedos tocaron, juraría que estos australianos no exageran. Freeman creció bajo la discriminación a la que le empujó su sangre primitiva y su religión. Sin embargo y a pesar de criarse en una familia poco estable, superó comentarios y acabó convirtiéndose en una mujer de éxito, mejor dicho, en una atleta de éxito. Quizás, sus ansias por escapar de las presiones sociales y avanzar deprisa hacia un futuro mejor, la convirtieron en la mejor velocista de los años 90. Fue campeona del mundo en 1997 y 1999 en los 400 metros. Y medalla de oro en las Olimpiadas de Sydney del año 2000 y en las de Atlanta de 1996. Se retiró, dicen, para dedicarse al cuidado de su marido, enfermo de cáncer y de quien, más tarde, se divorció. Más allá de las idas y venidas de su vida personal, comencé a admirar a Catherine a través de su libro Going Bush en el que describe, junto con otra australiana aborigen célebre, la actriz Deborah Mailman, las rutas indígenas de su país. Antes de comenzar el viaje, Cathy comenta que a su madre y a su abuela les prohibieron hablar su verdadera lengua denominada Kuku-yalanji, y, por eso, en su familia, se perdieron los recuerdos y las tradiciones dejando paso a la tristeza que supone perder el sentido de pertenecer a algo. En la zona de Uluru, las comunidades Pitjantjatjara y Yankunytjatjara, conocidas también como los Anangu, aún creen que ellas llevan habitando esa parte del planeta desde el tiempo de la creación, ni más ni menos que desde el preciso instante en el que Todo comenzó, y cuando el paisaje no estaba ocupado por humanos, sino por los seres ancestrales, como Kuniya (la mujer pitón) o Liru (la serpiente marrón). Los hombres y mujeres Anangu aún sienten y se creen descendientes directos de aquellos primeros habitantes, y en sus miradas esquivas y serias aún se puede ver un no sé qué de que ellos y tú, es decir, ellos y yo, no pertenecemos al mismo planeta ni, mucho menos, sabemos interpretar y respetar de una manera afín la incandescencia de lo sagrado que representa la ya de por sí fascinante existencia. Toda esta historia de aborígenes sólo por el mero placer que he sentido esta mañana al evocar un momento mágico en Uluru, cuando las últimas luces del día iluminan aquella mole rocosa conocida como el ombligo del mundo y el silencio del desierto cobra vida, envuelto en la textura de ese naranja y rojo inimitables. Definitivamente, hay que volver a Australia, pedir permiso a los Anangu o a cualquier otra comunidad aborigen para que nos dejen entrar en su territorio, tocar la tierra, buscar las raíces, observarlas y aprender de ellas. Y cuanto antes, porque es evidente de que aquí, en sus antípodas, hace tiempo que entre asfalto, crisis, especulación, guerras e individualismos hemos perdido el sentido de pertenecer verdaderamente a algo.

EL PUNTO DE PARTIDA


Let your life flow like water.
Melbourne. Copyright foto: Teresa Morales

Tengo una amiga que confiesa que la Organización (lo que algunos llaman Dios, otros universo y otra amiga más irónica y agnóstica denomina "el puto guionista”) tiene el plan personal de cada uno de nosotros absolutamente trazado y diseñado. "A veces nos empeñamos en tirar por un camino y creemos que es lineal. Cuando pasa el tiempo, te ves en el punto de partida. No sabes cómo, has ido a parar al mismo sitio en el que estabas, pero dando una vuelta… absurda" y sonríe mientras me lo explica, como si me estuviera diciendo “¡Lo ves, tonta!” o yo estuviera percibiendo, tal vez equivocadamente, cierto tono de sorna y guasa en sus palabras. Me desperté esta mañana con este recuerdo y, aún entre sueños, las primeras luces del día comenzaron a construir una historia en mi cabeza de un personaje que, como por arte de magia, apareció de improviso, me miró y se sentó en la butaca de mi habitación para contarme algo.

A través de la cerradura de la puerta de mi dormitorio, veía a mis padres, en una foto que les tomé el verano que vinieron a visitarme. Ella llevaba una gorra beige y él, una visera roja con publicidad de bebida alcohólica que me gané una noche en un bar de copas. Encima, un reloj de madera, con la esfera cuadrada, que compré en una tienda de objetos de decoración que hay en el centro. Cerca del bar donde muchas mañanas me paro a tomar el segundo café. No tiene números, pero tiene el dibujo de doce gatos. También se veía algunas figuritas de madera que tenía colocadas en la estantería, recuerdos de varios viajes, como la caja de nácar para mis sueños y un quemador de incienso. La primera noche que lo usé, la casa se llenó de un aroma a rosas que me recordaba el paseo que daba junto a mi abuela, al atardecer, a esa hora en la que las vecinas riegan sus pequeños jardines cuando el sol apenas calienta ya el pueblo y ellas están listas para coger la rebeca y salir a caminar y saludar.

Me pasaba horas y horas pegada a esa puerta, desde el interior de mi dormitorio, observando la escena gráfica de una parte de mi vida que, durante años, se fue construyendo en ese pedacito de pared del salón. Las tortugas me observaban desde el terrario, sin entender el objetivo de esa especie de juego del escondite entre mi yo y mi realidad.

El día que me llamaron para darme la noticia, me pasé toda la mañana ahí, sentada y observando, en busca de una respuesta o, más bien, en busca de una señal que me reconfortara y me dijera algo así como “Sí, ánimo, estás haciendo lo correcto”. Me hubiera llevado aquel diminuto espacio en la maleta, así, sin más. Hubiera cortado con una radial el rectángulo que hablaba de familia, esencias, infancia, recuerdos, tiempo, aficiones… y lo hubiera colocado tal cual entre mis camisetas, mis pantalones y mis sudaderas grises. Pero no fue posible. A cambio, la última tarde antes de irme, tuve que coger una por una todas mis pertenencias y meterlas por separado en varias cajas de cartón.

Al día siguiente me marché. Lo hice antes de que mi pareja volviera de vacaciones. Le dejé el piso con sus paredes vacías para que las decorara con su propia historia, y el ojo de la cerradura del dormitorio obstruido para que, a través del hueco, no pudiera recordar nada que tuviera que ver conmigo.

El tiempo pasó. De eso hace más de un año. Pasó hasta llegar a hoy. Sin saber cómo, aquí estoy. En el punto exacto en el que, creo, tenía que haber estado cuando la vida me dio la oportunidad de escoger y yo opté por el camino largo y circular. Pero hoy, vengo con la lección aprendida. Y con las experiencias vividas, arrancar de nuevo desde el punto de partida es más fácil y, sobre todo, más afín a lo auténtico que sé que hay dentro de mí.

Ganesh, mi gato, tiró el cubo de la basura y el ruido proveniente de la cocina me devolvió a la realidad. Evidentemente, no había nadie sentado. Salí de la cama y me dirigí hacia la puerta de mi habitación. Miré por la cerradura, intrigada por saber si descubriría algo nuevo y atisbé los mismo árboles del jardín que se ven por la ventana de la terraza y, algunos centímetros a la derecha, el dibujo de una camiseta enmarcada que dice Sometimes not being in control is the most beautiful in the world. Sentí que se me elevaba la ceja de asombro y una voz me susurraba con cierto tono de sorna y guasa “¡Lo ves, tonta!”

DEL LOST AL HOPE


Detalle. Melbourne. Copyright foto: Teresa Morales

Fidel Castro pregunta, irónicamente, si la OTAN no va a bombardear Madrid para controlar a las masas de “indignados” que se han concentrado en la Puerta del Sol. Y sonrío. Mejor dicho, me río a carcajadas. ¡Brillante! No entraré en cuestiones políticas (no sea que a mí también me cierren el blog por escribir en periodo de reflexión), sino en las más humanas y curiosas. Ayer leí en El País que una joven relataba su experiencia en la plataforma del 15-M. Decía algo así como que ella había ido a ligar y, de pronto, se encontró detrás de una de las barras improvisadas ayudando y sirviendo bocadillos a los acampados. Lo magnífico de la cuestión no es su amabilidad, sino su astucia para detectar el lugar perfecto donde encontrar una presa que rellenara su vida sentimental. Estoy segura de que durante estos cinco días, de la Lost Generation surgirá alguna que otra pareja que, en el tiempo, se mantendrá estable, recordará la batalla y dará paso a la Hope Generation. Porque, siempre, después de una crisis viene un momento de gloria.

ES COSA DE DIOS...¡COMO POCO!

Melbourne. Copyright foto: Teresa Morales

El 2 de mayo es fiesta en mi pueblo. San Segundo. Cuenta la tradición, que si le pides al santo tres deseos, él te concede uno. Confieso que el año pasado, empujada por lo popular, me acerqué hasta la ermita a comprar almendras garrapiñadas y a rememorar momentos de mi niñez. Y entré hasta la capilla donde se ubica la imagen en alabastro y ahí que le pedí mis tres deseos, claro que, siguiendo la picardía de mi madre, le pedí tres veces el mismo deseo porque, así, se me cumpliría “fijo”. Y se cumplió. Jajajaja… Hoy, siendo honesta, lo mejor que puedo hacer es agradecer su generosidad, no por concederme la petición, sino por no mandarme a la mierda. Quizás, he tenido la suerte de que todos los santos y demás cónclaves de seres todopoderosos (en los que incluyo hadas, meigas y duendes de los bosquecillos) están demasiado ocupados con un mundo, el nuestro, que está patas arriba. Las revuelvas sociales en los países árabes en pro de derrocar líderes autoritarios, los terromotos en Japón y radiación nuclear en el lejano oriente en pro de una advertencia a la humanidad, las guerras encubiertas que, dicen, tienen fines solidarios en pro de una defensa de los países civilizados y, he aquí lo más gordo, esos países mal autocalificados civilizados que se lanzan a la calle a celebrar que, aparentemente, han asesinado a Bin Laden. Todo me parece tan sospechosamente contaminante y desproporcionado (amén de otras descripciones que omitiré) que sonrío, de pura ironía, cuando pienso en esos habitantes del “primer mundo” hablar del fanatismo musulmán. Internet me satura con imágenes de miles de personas en Estados Unidos gritando eufóricos porque “el diablo” se ha ido al diablo. Y, qué queréis que os diga, que el post de hoy no tiene desarrollo de una de esas historias amables que me gusta inventar y redactar, pero aún me queda la lucidez suficiente para darme cuenta de que han sido tres días de millones de personas concentradas en las calles y de aquí si que podría sacar un cuento o varios. Uno de hadas: un millón en Londres, gracias a Kate y Willi; otro de piadosos: aproximadamente la misma cantidad en Roma, gracias al ya beato Juan Pablo II. Y un ultimo de venganza.

Lejos de Pakistán, a miles de kilómetros de allí, la historia habla de una pequeña ciudad castellana donde el atardecer ha dejado un cielo con pinceladas rojizas, un aroma a césped recién cortado, el dulce fluir del río, la placidez del croar de las ranas a orillas del agua y una voz, la de Eva Cassidy que, por puro placer y no por el vil metal, grabó magníficas versiones como el famosísimo What a Wonderful World. Aunque tengo la impresión de que si Louis (Armstrong) y la propia Eva levantaran la cabeza nos pondrían bien firmes a todos por no haber sido capaces de entender la sencilla letra de su canción. Que digo yo, que no es tan difícil el The colors of the rainbow, So pretty in the sky. Are also on the faces, Of people going by, I see friends shaking hands. Saying, "How do you do?" They're really saying, "I love you". Y, para quien no crea tanto en la música como herramienta para mejorar nuestra sociedad, siempre le queda venir un 2 de mayo a mi pueblo y pedirle a San Segundo tres deseos. Que seguro, segurísimo, uno cae. Palabrita.

FLOATING ALMAS



Hoy voy a hablar de almas. Las que viven lejos y nos llegan cerca. Según un magnífico y desgarrador reportaje publicado en el diario El País, más de 700.000 niños de menos de 14 años viven en las calles de Bangladesh. El 84% de la población “sobrevive” con menos de dos dólares al día. La historia se repite en otros rincones del mundo y las consecuencias, como siempre, se agravan para las niñas y las mujeres. Cuenta el mencionado reportaje que en la ciudad de Faridpur hay dos burdeles con unas 900 prostitutas y más de la mitad no llegan a los 16 años. Será que hoy estoy sensible y más consciente de la fortuna que me ha rodeado y perseguido siempre o será que ayer estuve en las instalaciones de la IFAD hablando de proyectos para mejorar la calidad de vida de las zonas rurales del planeta. Y a veces, la mejoría es tan simple y tan fácil, como regalar una cabra a una familia. ¿Ridículo? No tanto para quienes ese animal supone los ingresos que le permitirán reinventarse, vivir y seguir respirando. Donde yo crecí las cabras eran nuestras guías cuando queríamos subir una montaña. Siempre encontraban el camino y, por lo tanto, dejaban el rastro para que otros, humanos pero muchas veces más inútiles, no nos perdiéramos. Desde la cima, sea cual sea su altitud, el horizonte se extiende y todo parece grande. Inmenso. Y nosotros, pequeños. Un momento sublime (que no perfecto porque, por fin, he entendido que la perfección no existe) para reconocer que en el mundo de las diferencias, distancias y despedidas físicas, hay un planeta repleto de almas. Las que viven lejos nos llegan cerca gracias a la sensibilidad de algunos artistas y si no, echad un vistazo a las maravillosas imágenes captadas por la gran fotógrafa (y mejor amiga) Sheila McKinnon (www.sheilamckinnon.com). Las que viven cerca, esas, mejor disfrutarlas y cuidarlas para evitar, por ejemplo, historias como las de las chicas de Faridpur quienes, como menciona un responsable de una ONG en El País: "La gran mayoría de las prostitutas empiezan a trabajar con menos de 15 años, por pobreza, por engaño o por secuestro y venta. Y una vez que empiezan, no pueden reintegrarse a la vida normal, porque son unas apestadas.”

La vida en Roma continúa. No lo voy a negar. Sofía Coppola estrena película. Y en Venezia aún andan de festivales. En Milán, diseñadores y modelos presentan colecciones y lucen palmito. El otoño hace amagos aunque no acaba de aposentarse. Los escaparates ya muestran lo que vamos a ver porque todo el mundo lo llevará. Y las colas para entrar en el Vaticano seguirán, en pie, fieles a la tradición turística, que no religiosa. Sí, la vida continúa, pero ahora que sabemos que con una cabra todo es más fácil y, sobre todo, posible, ¿acaso no merece la pena pararse un attimo y volvernos conscientes de la importancia de ser un alma? Yo creo que sí.

Copyright foto: Teresa Morales. Melbourne.