EL LIGERO ENCANTO DEL ATREVIMIENTO
MUJERES QUE INSPIRAN A MUJERES
REFLEXIONES EN TORNO A UN MOMENTO BREAK
Jerry's Milk Bar. Elwood. Melbourne. Copyright foto: S. Martínez.
PEQUEÑA HISTORIA PARA UN GRAN DÍA

Hay personas que hablan con los árboles. Yo soy una de ellas. Los abrazan y escuchan. A veces, colocan entre los huecos de la corteza del tronco deseos escritos en un papel. En otras ocasiones, simplemente los observan. Al árbol en sí, no a los deseos. Siempre, los admiran. De allí o de aquí. Aislados, como esta maravillosa joya que me encontré en mitad de la autopista solitaria del desierto australiano. En grupo, como los pinares que rodean las pequeñas aldeas de mi provincia natal. Débiles en apariencia, fuertes en su interior; vitales en sus hojas y ramas; más calmados y minimalistas… Árboles a los que hoy, no sé por qué, les quiero dedicar una historia que acabo de recuperar del baúl virtual. Un pequeño relato para un gran día primaveral. El de Natasha, que nació a orillas del Volga, en un pequeño pueblo de nombre impronunciable e inviernos gélidos. Hace ya, tanto tiempo, que ni ella es capaz de recordar la fecha exacta. Hoy, apenas se levanta de su mecedora de madera, enfrente de una ventana que da a los bosques que tantas veces vio retratados en la casa de su primer amor, el gran Gudev. Ni hijos, ni mucho menos nietos, pero sí tiene dos gatos: Aleksei y Grigory. Por las noches, los felinos se van de paseo y bordean el jardín hasta llegar a una colonia vecina donde habitan seis familias. Sus pasos, entre el silencio, retumban como una granizada en mitad del verano, de tormenta inesperada y refrescante, y a veces, despiertan incluso a la más dormilona de las mujeres: Natalie. Una escritora que alimenta su fantasía a base de copos de avena y decora la fachada de su casa con carteles de otras épocas que enmarca para congelar la historia y admirarla sin prisas y sin pausas. Ha escrito decenas de libros porque, según cuentan, las palabras le acompañan a todas horas en un desfile constante alrededor de su aura y ella no tiene más remedio que capturarlas en el aire para plasmarlas en un papel, dándoles forma y modelando así, una realidad gris que se convierte, poco a poco, en un paisaje multicolor. Como el que envuelve las nieblas de amanecida a orillas del Volga, en un tramo en el que una matriuska, de nombre Natasha, adormece su cotidianidad evocando historias de buenos días...
DE METACUENTOS Y OTRAS HISTORIAS

Aún hay mucha luz, en esta tarde de finales de julio, cálido, que no caluroso. Me llega algún mail de amigas que están en Italia y quieren visitar a la vechia signora. Roma, con todo su encanto y esplendor, a la espera de que yo sea capaz de aconsejar bien sus virtudes y recovecos más atractivos y apreciados. Tenía la mente tranquila y la ambición romana algo dormida, después de unos días en el norte, al arrullo de olas que forjan una costa con sabor a mar y bosques. Y, de pronto, como por arte de magia, se presentan sin avisar las vias y vicolos de la Ciudad Eterna, entre mis papeles, libros y carpetas del despacho y del ordenador. Se abrió una ventana, la que pone "Relatos" y apareció una historia que nació a finales de junio, a orillas del Tiber. Un cuento que se cocinó en el centro de la ciudad, aunque no en la parte histórica, sino en uno de los viales principales que alberga varios edificios de los años 50. En uno de ellos, en concreto el que las oficinas municipales identificaron con el número 38, hay ocho pisos con viviendas a las que se entra atravesando puertas de madera, perfiladas con remates negros, casi nacarados, y una escalera principal que se abrió paso en el hueco de la estructura principal con una curva sensual, más propia de las caderas de las mujeres de Lempicka que de la mente de un arquitecto que, por aquel entonces, lloraba a todas horas por la ausencia de un amor que nunca supo retener. En aquel edificio, en cuyos buzones aún queda el diseño art decó de apellidos ilustres como el de los intelectuales Feltrinelli, hay un patio de luces. En cada planta, más de diez ventanas que desembocan en los entresijos de unas historias personales de voces, gritos, risas y llantos. En el quinto piso hay cuatro ventanas niqueladas en un azul petróleo que brilla sólo en los días grises, y en el sexto, una cuerda de tender sirve de apoyo para una docena y media de pinzas rojas que nadie usa desde hace cuatro meses. Desde el tercero, salen volando todas las mañanas satélites de aroma a canela y vainilla que el señor Bonare, el pastelero, dirige en una sinfonía de esencias dulces y golosas. Y llegan, como por arte de magia, hasta el despacho de la chica que habita, a temporadas, en la última planta. Se cuelan, sin permiso, entre sus montañas de papeles y sus colecciones de libros, acariciando delicadamente sus páginas entre anís y azúcar glacé. Aromas de coco rallado, de cacao y menta, de gotas de limón y naranja que se abrazan en un gemido con las mil y una letras de una máquina de escribir desde donde surgen historias de madres e hijas. Una mañana, aquella fórmula de fragancias evocadoras a tartas y pastelitos de media tarde se condensó en el aire para, a los pocos minutos, descargar una lluvia de caricias y sabores. Palabra, esta última, que empezaba con la misma letra de la primera palabra del cuento que, por aquel entonces, la escritora extranjera del segundo había recopilado de su historial de cartas que le había diseñado a su madre y que, en esos momentos, estaba a punto de enviar a otra hija que lloraba la ausencia de una madre que, a pesar del tiempo transcurrido, nunca llegó a irse del todo. Cuento que comenzaba diciendo así:
Siéntate, tengo que contarte algo. Madre e hija se reunieron en la mesa del comedor, frente al gran ventanal. Las tazas de té humeaban. En el cuenco del centro sólo quedaban dos nueces. Una mosca revoltosa jugaba a darse cabezazos contra el cristal de la lámpara. Afuera, el viento soplaba con ímpetu y chocaba contra las rejas del balcón. Se oían los motores de los tractores vecinos y algún que otro coche que cruzaba la carretera a más de la velocidad indicada. Apenas había luz natural pero la penumbra de la mañana enfocaba las miradas lo suficiente como para que pudieran entrever más allá de las palabras. Durante una hora, la madre habló y la hija escuchó. La historia era un precioso cuento acerca de los ideales que se desvanecen, de las luchas que nunca acaban, de la capacidad para renovar vitalidad mientras la propia vida golpea, de la habilidad para adaptarse al sufrimiento y convertirlo en fortaleza, de la virtud de hacer papiroflexia con la mente hasta doblarla en cuantos pedazos uno quiera… Y así, durante un buen rato, madre e hija se descubrieron, acercándose más. Mientras, el sol recobraba el trono de astro rey y dejaba caer un rayo por el ventanal del comedor. Cuando se levantaron, ya no había nueces en el cuenco y el té sólo era un mero recuerdo humeante, una bolsa de hierbas mojadas, fría y desteñida. La mosca ya no estaba. Y el silencio se sumó a la charla, acompañándolas.
EXTRACTOS DE LA REALIDAD

A los doce años, el antropólogo y fotógrafo Martin Gray vivía en la India y crecía haciendo excursiones a cuevas, templos y lugares sagrados del país y de los vecinos Nepal y Kashmir, solo o en compañía de sadhus y otros personajes místicos. Por aquel entonces, sus lecturas eran textos acerca del hinduismo y el budismo. Aquellas filosofías le llevaron a confirmar su sueño, el que trazó entre olores a inciensos y abluciones matutinas, de que, algún día, se dedicaría a recorrer el planeta, observar, descubrir historias, fotografiar rincones y transmitir, de esta forma, el mensaje y los misterios más sagrados del planeta. De aquel sueño, hoy existen testimonios gráficos publicados por National Geographic Society y, muchos de ellos, recogidos en un maravilloso libro titulado Sacred Earth, Places of peace and power. En la contraportada aparece, curiosamente, un fragmento de las murallas de Ávila, villa de la que, dice el autor, era una ciudad sagrada para los celtas, mucho, mucho antes de que llegaran los romanos. Ubicada a 1.130 metros de altitud sobre el nivel del mar, sus formaciones graníticas y su tradición de ser cuna de grandes místicos, la envuelven, en efecto, en ese aura pacífico que tiene el silencio. Aquí, es cierto, no está mi árbol favorito de villa Borghese al que abrazar y ni, tan siquiera, el altar surrealista (por la ubicación) y salvador (por su aparición) de Sin City, sin embargo, en cada uno de sus rincones, como en aquellos en los que ha estado Mr. Gray, encuentro un refugio propio de fuerza y armonía. Sí, cierto, gracias por recordármelo. Ayer, sin ir más lejos, acuérdate, me bastaron cinco minutos a pie para llegar hasta la orilla del río donde, por sorpresa y sin invitación, me encontré en mitad de un concierto de ranas. El acomodador me dijo: Pase y siéntese. Y eso hice. Me coloqué en un banquito de madera con vistas a los arbustos salvajes que dan cobijo a los patos mientras el caballo marrón hacía aparición sobre el escenario en busca de la yegua blanca. El sol me calentaba la espalda y el agua corría, sin demasiada fuerza, pero sin rendirse a los calores de la primavera tardía, a través de un cauce de cemento. No vi los peces, pero a cambio observé cientos de letras que flotaban sobre el agua, como una regata de veleros, y en cada golpe de corriente formaban palabras y frases que hablaban de una niña a quien un tornado la trasportó a un mundo de enanos, personajes, miedos y fantasías que sólo un mago, el de Oz, podía liberar. El mago, al final, resultó ser un “peinacabras” sin demasiado poder pero con la furbizia suficiente para aparentar ser más de lo que era y erigirse en un ídolo, remedio o solución infalible, de quien quiere cambiar y mejorar y no sabe cómo. Tal vez, el camino de losetas amarillas llevó a Dorothy hasta la simple conclusión de que "como en casa no se está en ningún sitio", y ahí acabó el cuento. Pero le proporcionó la fortaleza de atreverse a dar los primeros pasos y recorrer un mundo de lugares poderosos y sagrados donde todos los que salían a su encuentro tenían algo que decirle y enseñarle. De unos, como me dijeron hace mucho tiempo, se aprende lo que se tiene que hacer. De otros, lo que no. Pero esta es la historia de otro día porque la de hoy me transporta hasta el templo de las Inscripciones en Palenque (México), la zona de Tiwanaku (Bolivia), la cueva de Sanbangsa (Corea), el templo de Izumo Taisha (Japón), la montaña Adam en Sabaragamuwa (sri Lanka) y el sonido del Ganges cruzando la ciudad sagrada de Varanasi donde la corriente, en cada golpe, construye palabras y frases que narran el periplo de una freelance a quien sus sueños viajeros la transportan siempre a un mundo de sensaciones con forma, a veces, de caja mágica de cristal.
LA INCANDESCENCIA DE LO SAGRADO
EL PUNTO DE PARTIDA
Me pasaba horas y horas pegada a esa puerta, desde el interior de mi dormitorio, observando la escena gráfica de una parte de mi vida que, durante años, se fue construyendo en ese pedacito de pared del salón. Las tortugas me observaban desde el terrario, sin entender el objetivo de esa especie de juego del escondite entre mi yo y mi realidad.
El día que me llamaron para darme la noticia, me pasé toda la mañana ahí, sentada y observando, en busca de una respuesta o, más bien, en busca de una señal que me reconfortara y me dijera algo así como “Sí, ánimo, estás haciendo lo correcto”. Me hubiera llevado aquel diminuto espacio en la maleta, así, sin más. Hubiera cortado con una radial el rectángulo que hablaba de familia, esencias, infancia, recuerdos, tiempo, aficiones… y lo hubiera colocado tal cual entre mis camisetas, mis pantalones y mis sudaderas grises. Pero no fue posible. A cambio, la última tarde antes de irme, tuve que coger una por una todas mis pertenencias y meterlas por separado en varias cajas de cartón.
Al día siguiente me marché. Lo hice antes de que mi pareja volviera de vacaciones. Le dejé el piso con sus paredes vacías para que las decorara con su propia historia, y el ojo de la cerradura del dormitorio obstruido para que, a través del hueco, no pudiera recordar nada que tuviera que ver conmigo.
El tiempo pasó. De eso hace más de un año. Pasó hasta llegar a hoy. Sin saber cómo, aquí estoy. En el punto exacto en el que, creo, tenía que haber estado cuando la vida me dio la oportunidad de escoger y yo opté por el camino largo y circular. Pero hoy, vengo con la lección aprendida. Y con las experiencias vividas, arrancar de nuevo desde el punto de partida es más fácil y, sobre todo, más afín a lo auténtico que sé que hay dentro de mí.
DEL LOST AL HOPE

ES COSA DE DIOS...¡COMO POCO!
Lejos de Pakistán, a miles de kilómetros de allí, la historia habla de una pequeña ciudad castellana donde el atardecer ha dejado un cielo con pinceladas rojizas, un aroma a césped recién cortado, el dulce fluir del río, la placidez del croar de las ranas a orillas del agua y una voz, la de Eva Cassidy que, por puro placer y no por el vil metal, grabó magníficas versiones como el famosísimo What a Wonderful World. Aunque tengo la impresión de que si Louis (Armstrong) y la propia Eva levantaran la cabeza nos pondrían bien firmes a todos por no haber sido capaces de entender la sencilla letra de su canción. Que digo yo, que no es tan difícil el The colors of the rainbow, So pretty in the sky. Are also on the faces, Of people going by, I see friends shaking hands. Saying, "How do you do?" They're really saying, "I love you". Y, para quien no crea tanto en la música como herramienta para mejorar nuestra sociedad, siempre le queda venir un 2 de mayo a mi pueblo y pedirle a San Segundo tres deseos. Que seguro, segurísimo, uno cae. Palabrita.
FLOATING ALMAS

Hoy voy a hablar de almas. Las que viven lejos y nos llegan cerca. Según un magnífico y desgarrador reportaje publicado en el diario El País, más de 700.000 niños de menos de 14 años viven en las calles de Bangladesh. El 84% de la población “sobrevive” con menos de dos dólares al día. La historia se repite en otros rincones del mundo y las consecuencias, como siempre, se agravan para las niñas y las mujeres. Cuenta el mencionado reportaje que en la ciudad de Faridpur hay dos burdeles con unas 900 prostitutas y más de la mitad no llegan a los 16 años. Será que hoy estoy sensible y más consciente de la fortuna que me ha rodeado y perseguido siempre o será que ayer estuve en las instalaciones de la IFAD hablando de proyectos para mejorar la calidad de vida de las zonas rurales del planeta. Y a veces, la mejoría es tan simple y tan fácil, como regalar una cabra a una familia. ¿Ridículo? No tanto para quienes ese animal supone los ingresos que le permitirán reinventarse, vivir y seguir respirando. Donde yo crecí las cabras eran nuestras guías cuando queríamos subir una montaña. Siempre encontraban el camino y, por lo tanto, dejaban el rastro para que otros, humanos pero muchas veces más inútiles, no nos perdiéramos. Desde la cima, sea cual sea su altitud, el horizonte se extiende y todo parece grande. Inmenso. Y nosotros, pequeños. Un momento sublime (que no perfecto porque, por fin, he entendido que la perfección no existe) para reconocer que en el mundo de las diferencias, distancias y despedidas físicas, hay un planeta repleto de almas. Las que viven lejos nos llegan cerca gracias a la sensibilidad de algunos artistas y si no, echad un vistazo a las maravillosas imágenes captadas por la gran fotógrafa (y mejor amiga) Sheila McKinnon (www.sheilamckinnon.com). Las que viven cerca, esas, mejor disfrutarlas y cuidarlas para evitar, por ejemplo, historias como las de las chicas de Faridpur quienes, como menciona un responsable de una ONG en El País: "La gran mayoría de las prostitutas empiezan a trabajar con menos de 15 años, por pobreza, por engaño o por secuestro y venta. Y una vez que empiezan, no pueden reintegrarse a la vida normal, porque son unas apestadas.”
La vida en Roma continúa. No lo voy a negar. Sofía Coppola estrena película. Y en Venezia aún andan de festivales. En Milán, diseñadores y modelos presentan colecciones y lucen palmito. El otoño hace amagos aunque no acaba de aposentarse. Los escaparates ya muestran lo que vamos a ver porque todo el mundo lo llevará. Y las colas para entrar en el Vaticano seguirán, en pie, fieles a la tradición turística, que no religiosa. Sí, la vida continúa, pero ahora que sabemos que con una cabra todo es más fácil y, sobre todo, posible, ¿acaso no merece la pena pararse un attimo y volvernos conscientes de la importancia de ser un alma? Yo creo que sí.
Copyright foto: Teresa Morales. Melbourne.
