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TARDE DE VIERNES EN EL CIELO

Valle Amblés. Copyright foto: Teresa Morales.
Ayer, Juana quería llevarme al cielo. "Estamos un ratito y volvemos", me susurró. Yo asentí, pues nada me parecía más idílico para la tarde del viernes que corretear por ahí, entre las nubes y más allá de ellas. En un lugar que, ni siquiera por paradisíaco, acabamos de ser capaces de visualizar con nitidez. Sabemos, eso sí, que todo suena tan celestial que el escenario y sus circunstancias han de ser amables y ligeros. Libres de complicaciones y de lo que un budista llamaría encadenamientos samsáricos. El hogar perfecto para desconectar y donde ni los más nimios sufrimientos tienen un rincón en el que atrincherarse. El cielo. Definitivamente, sonaba ideal.
Juana me hablaba en serio. Y yo le contesté más en serio aún. "Me parece estupendo, Juana. Pero una cosa, entre usted y yo. Cuando regresemos, no contaremos nada de lo que hemos visto, ¿de acuerdo?" Y ella, con su mirada casi ciega, sonrió. Sé que pensaba que soy una tunanta, como me llamó nada más verme, cuatro años atrás. Pero desde entonces, a esta parte, su mente ya no es tan pícara y ahora me atisba con una simpática y dulce bondad, piena de compasión. "Hecho. Eres más maja", recalcó. Y en ese instante, al sonido de la máquina del oxígeno no le quedó más remedio que difuminarse gradualmente por una vez para amplificar las carcajadas lentas que la vida le permite a Juana dar. Ella se ríe y yo, me troncho. Yo, me troncho. Y ella, se parte. Y así, durante un minuto eterno, el cielo, en una tarde de jueves, nos envolvió entrañablemente en una habitación color salmón con vistas al Valle Amblés. 
Todo de una forma tan natural que, un día más, y sin esfuerzo, las dos volvemos a olvidarnos de sus casi 99 años y mis recién estrenados 46.

293 METROS DE NO SÉ QUÉ

Alpes italianos. Copyright foto:Teresa Morales.
Sassolungo y Sassopiatto nacieron a la vez, de la misma madre y del mismo padre. La única diferencia entre ellos es que el primero llegó a medir 3.181 metros, mientras que el segundo, no se sabe muy bien si por respeto, amabilidad o por temor ante su hermano, se quedó en los 2.958 metros. Una cifra que, por otra parte, no tenía nada que envidiarle a nadie. 
Allí, en los Dolomitas, en la zona norte de los Alpes italianos, los dos crecieron al abrigo de los vientos y las nieves. Arropados por animales adorables y por bosques de pinos que dan sombra solo en los meses de verano. El resto del año optan, simplemente, por salpicar el paisaje con su presencia verde oscura en contraste con un pasto perpetuamente verde cristalino. Los cielos, en aquel lugar, guardan aún un nivel inusual de pureza. Si están rasos, el azul pinta majestuoso sobre las cimas de los dos picos; si están nublados, se muestran misteriosos y apasionadamente cautivadores, llenos de contrastes. Jugando, en ocasiones, a escondites donde las cimas van y vienen a la vista, dependiendo del capricho de unas brisas que no siempre surgen suaves ni domables. 
Su imagen resulta tan impactante y sobrecogedora, como atractiva y cercana, a pesar de las dimensiones y de las aristas escarpadas. Durante el día, se manifiestan como príncipes altivos; pero durante la noche... ¡Ay, la noche! En un silencio demoledor, limpio y electrizante, repleto de llamativas estrellas, Sassolungo y Sassopiatto desfilan desde su aparente quietud como dos almas dulces y sociables, dispuestas a susurrarte al oído canciones de nobleza y lealtad; o leyendas de personajes que habitaron en sus cuevas más recónditas y secretas. 
Volvería hoy, otra vez, a sentarme frente a los dos, en esa hora oscura en la que todo parece más intenso de lo que es, y los miedos intentan asaltar la mente con sus patrañas de situaciones imaginadas que nunca, por suerte, llegan a suceder. En esa hora próxima a la madrugada donde uno está a solas con lo impactante, sintiéndose pequeño y vulnerable en medio de una naturaleza de la que, aún siendo parte, siente como ente ajeno y devastador.  Y esta vez, me gustaría ser yo quien les contara una historia. No sé. Tal vez alguno de los cantos de Milarepa; o algún fragmento del Sutra del Corazón. Algo que les hiciera brillar, aún más, en esa maravilla inmensa en el norte de Italia que representa el Südtirol donde la tierra, tantos millones de años atrás, se desgarró, transformó y trascendió en otro cosa que no era para dar a luz a dos hermanos. Nacidos de la misma madre y del mismo padre y separados, solo, por 293 metros de no sabe muy bien qué.  

RECUERDOS LONDINENSES...UNO

Hogar. Copyright foto:Teresa Morales.
En el año 2016 decidí regresar unos días a Londres. Lo hice el mismo día del mismo mes, de hace 20 años, cuando aún con 22 intentaba encontrar el que sería mi camino en ese punto de inflexión vital, cuando uno ha de desprenderse de la juventud e iniciar la madurez. Los siguientes cinco post en este blog son los extractos, a modo de diario-epistolar, de lo que viví durante esa escapada. 
Iba en busca de un maestro; y lo hallé. Londres, con todo ese aire tan suyo que tanto me apasiona, me volvió a cuidar y a guiar. Sé que siempre, siempre, me tendrá cerca, agradecida y absolutamente rendida a sus pies.  
Por mi cabeza pasan miles de ideas y sensaciones. Como me dijiste que te gustaban, quiero hacerte partícipe de ellas. Ayer, por ejemplo, vi un pequeño Ciclamen con flores blancas que había tenido el surrealista antojo de nacer en el espacio ínfimo que quedaba entre dos baldosas de un jardín particular de Chelsea. Y pensé que la vida es caprichosa... o milagrosa, depende de cómo se mire. El cielo de Londres también es así. Aunque puede que sea algo más sencillo y que tan solo peque de falta de seguridad personal. Despunta claro al alba. Después, de pronto, se vuelve gris. Y comienza a llover. Sin saber qué hacer ni con qué quedarse. 
Pero es curioso. Aquí, sigues caminando, sin que esa lluvia fina sea un obstáculo. Tal vez sea una de las cosas que la ciudad es capaz de transmitir, a modo de enseñanza: que hay que mojarse. 
Me mojé mientras caminaba por Walton Street, una tranquila calle de Chelsea, salpicada de tiendas discretas, pero elegantes. No pretenciosas, pero sí con ese toque de distinción con el que los ingleses han sabido alimentar una gran parte de su imagen. La lluvia también me acompañó mientras abandonaba el bullicioso discurrir de personas que van y vienen a lo largo de Piccadilly. Me paré en la trasera de un conjunto escultórico en uno de los laterales de Green Park. No vi la cara de aquellas figuras que representaban soldados cargados de armas y de valor, pero me quedé con la frase de Pericles sobre la libertad. "Freedom is the sure possession of those alone who have the courage to defend it".
Tuve algunos minutos de preguntarme “qué hago yo aquí”. Quizás porque era de noche, a pesar de la hora. Y el miedo se apoderó de mí. Quizás porque en la oscuridad, Londres recobra un lado tenebroso que le debe perseguir. Pero hoy, cuando el amanecer decoraba este cielo inquieto con trazos rosas y las chimeneas de barro de los tejados soltaban los primeros vahos de la mañana, la vida me susurraba que me tomara el día con calma. Quizás no sepa el significado de esta escapada hasta mucho tiempo después. O no llegue a saberlo nunca. Tal vez es que no hay significado. Y puede que hasta no aparezca maestro alguno, pero aquí estoy. 
Ayer por la mañana, la visión del Támesis desde Albert Bridge me sobrecogió. Me atropelló el pasado, asaltando el presente con sus demandas de un justo reconocimiento de la fortuna por lo vivido. Me emocioné, y lloré. 
Fueron unas bonitas lágrimas. Sublimes y emocionantes. Debe ser que aquí, lo quieras o no, uno ha de mojarse... 
Hoy, ya que la vida me dice que he de tomármela con calma, me quedaré por el barrio. Iré a High Street y corretearé un poco detrás de las ardillas en Hyde Park. Aunque mucho me temo que ellas serán más rápidas y espabiladas que yo. Después, esta tarde, me acercaré hasta la Sociedad Budista para atender a la charla de Rimpoché. Ya te contaré.
Cuídate mucho. Tu regalo está siendo un estupendo y amoroso compañero de viaje. Gracias mil.
Extracto de los días en Londres. Enero de 2016

RECUERDOS LONDINENSES... DOS

London Eye. Copyright foto:Teresa Morales.
Londres ha amanecido hoy con más energía y vitalidad en el interior de este yo que me conforma. La mañana de ayer, a pesar de un cielo plenamente luminoso, resultó ser algo turbia en lo emocional. Como si estuviera cruzando un pasillo de telarañas que se pegaban a la piel y borraban del mapa cualquier atisbo de visión nítida de presente. No eran peligrosas, aunque resultaban molestas. Lo peor es que activaban un miedo absurdo. El temor de entrar y verme sola en ese desván, el de la propia vida ya vivida, que consideraba limpio y ordenado, y resulta que no lo está. Aún quedan rincones donde los apegos y las identificaciones a aquello que creí que fui empañan superficies que bien podrían estar ya, a estas alturas de la vida, absolutamente cristalinas y en paz.Por la mañana, después de desayunar, estuve trabajando en una de las mesas del lobby del hotel, cerca de un ventanal desde el que se ve cómo fluye ese tráfico incesante de Cromwell Road. Veía a los niños, tan alegres, con sus sonrisas y mirada relucientes, y esa tez clara tan british que parece rozar la fragilidad. Observé la cantidad ingente de jóvenes de todas las razas que, café en mano, van con prisa hacia el trabajo mientras en sus mentes se podría intuir ciertas ansias por llegar a encontrar un algo concreto: tal vez sueños, estudios, éxitos, esperanzas, huidas… ¡Quién sabe! Distintos colores de piel, distintas culturas de origen, distintas religiones, pero todos ellos con varias cosas en común en lo vital, amén de ese gusto afín por cobijarse del frío bajo un abrigo negro o gris. Ni sé la razón de abrigarnos siempre con negritudes ni, creo, que pueda llegar a entenderla alguna vez.Como tampoco, imagino, llegó a entender una mujer india que recorría solitariamente Hyde Park que las palomas levantaran el vuelo justo cuando ella les lanzaba migas de pan. “Volverán” le dije. Ella sonrió, con un atisbo de sorpresa al escuchar tanta asertividad en solo una palabra. Después, proseguí mis pasos, entre el cansancio físico (real) y el agotamiento mental de verme, constantemente, caminar sobre un cable fino de auto-exigencias sentimentales, persiguiendo la perfección o simplemente, la certeza en lo correcto; ya sea en un compromiso moral, humano o espiritual.“Si dejara de pensar –me digo algunas veces–, todo sería más fácil. Porque a veces, es cuestión de no buscar y saber cómo esperar. Esa, al menos, fue la enseñanza visual que aprendí de un joven de edad incalculable, a la altura de lo que sería el penúltimo árbol de Kensington Gardens, antes de que el frescor de la hierba se evaporara en el asfalto de Kensington High Street.Estaba este joven sentado a los pies del tronco protector de un inmenso árbol. Las ramas, desnudas, rompían la nada inmaterial, adentrándose en la inmensidad de todo el vacío que había alrededor. Como un Buda, el chico sonreía, con calma, con una expresión más de un nirvana conquistado que de esperar un alcanzar. Fue de pronto cuando la vi. Una pequeña ardilla bajaba curiosa y amigable, desde la cima de la copa. Lo hacía despacio, con cautela más que con desconfianza. Y llegó, hasta el lateral donde él extendía una mano en la que atesoraba lo que sospeché que sería una avellana o una nuez. El animal se acercó, cogió el fruto y se fue. Él siguió sonriendo, sin esperar nada a cambio. Sin apenas inmutarse. Estuve a punto de sacar la cámara, pero una voz interior me paró, para aconsejarme que me fundiera en aquel instante como una simple partícula de infinitud. Como un átomo más. Entonces, él me miró y los dos sonreímos. Y, de nuevo, bajó otra ardilla, por la izquierda. Y la acción se repitió.Así pasaron dos, tres, cinco… creo que llegaron hasta diez minutos en los que el presente se paró. Él apenas se movía. Y sin embargo, aquello a lo que aspiraba sucedía. Paciencia y tesón. Perseverar sin desesperar.Sin duda, una introducción casi perfecta a lo que viviría más tarde en la Lecture Room de la Sociedad Budista de Londres, a donde llegué al ritmo de un mantra espontáneo que se repetía una y otra vez en mi cabeza: “Como una cabra”. No se me ocurría una frase mejor para describir de qué manera, en un plis, cambié la rutina conocida (y segura) de mi ciudad en otro país, para surcar el océano de muchedumbre que inundaba Victoria Station a esa hora en la que la reina probablemente toma el té a pesar de que la densa oscuridad del cielo de los eneros londinenses invita más a cenar que a merendar.
Extracto de los días en Londres, enero de 2016

RECUERDOS LONDINENSES...AGAIN

London Eye. Copyright foto:Teresa Morales. Quise llegar a Elizabeth Street sin ojear el mapa para no parecer una turista inexperta, ni acabar siendo víctima de aquellos que merodean por la zona como hienas a la caza de alguna presa a la que estafar. Otra vez los miedos, pensé. ¿De dónde habrán salido? Y, sobre todo, ¿cómo era posible que me sintiera así de amenazada por nada en concreto, cuando con solo 22 años, ¡hacía tanto de aquello!, danzaba con la vida entre esta multitud interracial sin un ápice de temor?
Cuando llegué a Eccleston Square, por fin, algo dentro de mí cambió. El olor a añejo y a intelectualidad del interior de la Sociedad Budista se impregnó en mi piel, reportándome serenidad. Como si hubiera entrado en la casa de un antiguo y apreciado profesor. Las paredes de la biblioteca, salón y sala de meditación, se habían transformado en filas de estanterías de madera que acogían una inmensa, y jamás vista por mí, colección de libros sobre budismo. Y en el poco espacio virgen de las paredes, muy arriba, casi junto al vértice del techo, alguien llegó a robar un hueco para establecer hileras de marcos con imágenes de Budas y maestros.
En la planta de arriba, algunas salas permanecían vacías, menos una, la lecture room. Sentada y sola, entre desconocidos que conformaban una pequeña multitud, esperé 45 minutos hasta que apareció el motivo por el que había ido allí.
Lama Chime Rinpoche cruzó la puerta. Alto y delgado. Encorvado, como las varas de los arbustos que se doblan con el tiempo. Sonrisa noble, bondad tangible. Su sola presencia emanaba una gran bendición. De forma intensa, certera, comprendes, cuando le ves, y no es una sensación, que él ya sabe quién eres tú, y por qué estás ahí. Afirmaría que me conocía de siempre, que tenía constancia de mis alegrías y sufrimientos. De las esperanzas y luchas. Su mirada compasiva parecía traspasar todo el escaparate de etiquetas con las que los más mortales solemos diseñar este recorrido al que llamamos vivir, y él, daba la sensación, estaba absorto y feliz.  Feliz desde una visión de pura y verdadera felicidad.
Chime Rinpoche hablaba un inglés que ni siquiera los ingleses podrían entender. A pesar de eso, del total de su discurso me llegaban fragmentos que aportaban una inmensa luz. Como cuando habló de la confianza en uno mismo, de la confianza en el dharma y de los efectos de la generosidad. “Cuando el alumno encuentra a su maestro –dijo–, es importante que el primero de ellos se abra, y se abra de corazón”.
Acabada la conferencia, el lama se levantó, aceptó las reverencias y cruzó la sala. A mi altura, más o menos, se paró. Me miró y sonrió. Noté cómo hacía amago de hablar, pero frenó aquel pequeño impulso, volvió a sonreír y prosiguió. Le sonreí. Comprendí su silencioso gesto hacia mí y sentí que aún es tiempo de saber esperar.
Cogí el abrigo (negro, como el de los ingleses, quizás, para no destacar), bajé las escaleras, entré en la biblioteca para sentir un algo especial antes de regresar a España, y me fui, rumbo, otra vez, a los oscuros y temidos alrededores transitados de Victoria Station. Aunque en esa ocasión, me adentré en las calles de Londres envuelta en un manto de confianza y seguridad que, sí o sí, había  recibido de aquel venerable lama que sabía mucho más de mí de lo que ni siquiera yo podría atisbar.
Las tiendas ya estaban cerradas desde hacía tiempo. Los restaurantes iluminaban conversaciones románticas a la luz de las velas, y las fachadas de las mansiones de la vecina Sloane Square me propusieron jugar a imaginar un cálido hogar.
Después…. algo ocurrió. Recibí un mensaje en el teléfono. La pantalla se iluminó, y el pensamiento de la persona que velaba por mi viaje consiguió hacerme creer, de nuevo, en el amor. No había estrellas visibles a esa hora, ni en ese instante. Porque al inseguro y caprichoso cielo londinense le dio por cubrirse y, cómo no, por llover… Pero la vida, de pronto, en Fulham Road, se tornó como la mirada del lama. Feliz.
Solo unas horas más tarde Londres cambió, y, ¡cómo no!, amaneció radiante y con sol.
Extracto de los días en Londres. Enero de 2016

LONDRES... DESPUÉS DEL ECUADOR

Piccadilly Circus. Copyright foto:Teresa Morales. A las 8 de la mañana, el sol ya se ha colado entre las chimeneas de Chelsea. Sin embargo, para la mayoría de las huéspedes que pernoctan en el hostal sigue siendo hora de dormir. En estos días, he conocido a una mujer que iba a Los Ángeles para asistir a un seminario sobre cómo conseguir que la vida sea más rica en todos los sentidos. Pero ironías, se dejó olvidado un pañuelo y aquello me hizo pensar que antes de ganar hay que saber no perder.
Una tarde compartí charla con una mujer, mayor que yo, que había  vivido en Nueva York, Londres, París y ahora, en Mónaco. Oriunda de Austria, no parecía tener mucho arraigo a sus orígenes como para quedarse de forma perenne allí, a la sombra de Sisí.
Hablé con una coreana anónima que describía, entre la pena y el miedo, lo mucho que adora a su país, pero no su gobierno.
Me crucé con una girl-scoutt que guiaba a un grupo numerosísimo de boy-scouts australianos. Cuando se presentó me hizo el gesto de los tres dedos juntos que representan los valores: lealtad, abnegación y pureza. ¡Menos mal que un día antes, por casualidad, alguien me aleccionó sobre los principios que había constituido el señor Powell!
Dos japonesas me sonreían alegremente cada vez que yo les daba los buenos días y las buenas noches.
Anita, una mujer negra, pequeña en altura y grande en resistencia existencial, se había embarcado en la misión de hacer que mis primeros días en Londres fueran relativamente dulces y olieran a hogar. Me prestaba su cable para el teléfono y aceptaba las medicinas que le di para el mal de muelas.
Una tarde, apareció en el hotel una señora de unos setenta y tantos años cuya maleta pesaba más que su frágil cuerpo. Solo estuvo una noche y su presencia resultó tan misteriosa como pintoresca.
La mujer italiana de la cama superior de mi litera llegó demasiado tarde como para ponerle cara.
Y por último conocí a Marilia. Una belleza brasileña dulce, que con sus veintipocos años representaba a la mujer joven que habitaba en mí y de la que, de alguna forma, me estaba despidiendo durante mi periplo inglés. Marilia quería hacer el Camino de Santiago porque “en la vida –decía–, buscaba algo más espiritual, algo que fuera más allá de lo que vemos y de lo material”. Sus palabras me pusieron frente a un espejo, y me vi en ella, en aquella inocencia que creía en los sueños y que, seguramente, un día, tras otro, conseguiría hacerlos realidad. Le entregué el candado de la maleta, con el que había viajado por todo el mundo. “Yo ahora no lo necesito y tú estás haciendo un viaje que yo ya he hecho. Te traerá suerte”, le dije. Percibí su emoción. Me sentí madre y tutora. Tal vez, guía y hasta maestra, sin pretenderlo. Sus ojos, con mis palabras, se volvieron acuosos. Y fue entonces, en aquel instante sin telarañas ni miedos, cuando descifré que, junto con estas fragmentos narrados que dejaba por escrito, el viaje adquiría sentido y mostraba su profundo significado de renovación.
El cielo caprichoso  o inseguro de Londres decidió que las nubes necesitaban un respiro, así que dejó que ese día, mi último día de estancia, solo hubiera espacio para el sol. Piccadilly seguía vibrante, con las pantallas gigantes que proyectaban imágenes repletas de colores y acción, mientras el Eros de la fuente ya no daba de beber a los punkies de aquellos años de mi juventud. Regent Street me sorprendió de nuevo con sus edificios majestuosos e imponentes de los que apenas guardaba buena memoria; y las fachadas de los principales teatros desfilaron alrededor de mí con notas musicales. Pasé por delante de Her Majesty Theatre donde continúan representando aquel Fantasma de la Ópera que me regalé por un cumpleaños, 20 años atrás. Llegué hasta Trafalgar Square y me fundí con una de las imágenes de Londres que más frecuenté cuando había vivido allí: la de la columna de Nelson y, al fondo, el Big Ben. Detrás de mí, a mi espalda, mi adorada National Gallery, donde cualquier persona mínimamente sensible siempre encontrará un cuadro que le haga soñar.
Sobre el escenario popular y abierto de Trafalgar Sq., decenas de artistas ambulantes deleitaban, como de costumbre, a los peatones con sus diversas habilidades. Uno escribía sobre el suelo, con tiza blanca, un poema que era un canto al amor. Otro tocaba el saxo. Dos bailaban break. Había algún escocés haciendo sonar la gaita. Y un par de ellos, o tal vez fueran tres, se ganaban la vida como esculturas vivientes. En aquel punto de la ciudad, la gente, lo quiera o no, se muestra alegre y celebra que está ahí. Presente. Juegan sin pensar con las palomas; suben en los enormes leones negros que escoltan el espacio circular; se hacen tres, cuatro, o veinte fotos de grupo; ríen; se abrazan; consultan la guía, el mapa o el folleto de la última exposición.
El viento comenzó a colarse entre las calles de la zona y el sol, que se vende caro en Londres, me aconsejó que si quería disfrutar era el momento de atravesar el Támesis.
Hungerfod Bridge me dio la oportunidad de soltar el peso de los primeros días y lanzar los miedos a ese río que casi parece un turbio mar. La luz del atardecer comenzó a teñir de rosas y naranjas las superficies metálicas de lo barcos, las barandillas del puente y las cabinas blancas de la gran noria London Eye. Me quedé un buen rato ahí, observando el reloj del Parlamento a lo lejos sin fijarme en la hora. Just simplemente estaba allí. De pronto, ya no buscaba. Ni pensaba. Ni quería buscar, ni tenía la necesidad de pensar.
El paseo por la orilla hasta London Bridge es un cúmulo de sensaciones maravillosas. De frente, a la izquierda, el skyline de la City donde lo más sacro de la cúpula de la catedral de Saint Paul flirtea con descaro y habilidad con The Gherkin, ese edificio eróticamente erótico que Foster diseñó. A la derecha, el antiguo teatro de Shakespeare alardea de su identidad medieval mientras el Tate presume de una modernez reciclada.
En un rincón, el río se convierte en pequeña playa. O eso creí yo. Tal vez es que estaba tan sin pensar, que ya ni comprendía la verdadera realidad. Pero vi arena, sí. Y el ruido del agua golpeando contra las paredes del muelle recordándome minutos de olas a la orilla del mar. Llegó la noche. Tower Bridge se iluminó con los colores de la bandera: rojo, blanco y azul. Y las multitudes avasalladoras de los empleados de la City, todos con sus consabidos abrigos negros, bajaban hacia la estación de tren, a velocidades de vértigo. No sé si por escapar de un viento gélido aterrador o porque ese es el ritmo habitual con el que huyen del trabajo en busca de la tranquilidad del hogar. Algunos turistas, pocos, entre aquella marabunta. Y un par de curiosos, como yo, que con cámara en mano, pretendían arrebatar una imagen de aquellas hormiguitas humanas que desfilaban sin cesar, todas, en una misma dirección.
Para entonces, mi cuerpo dejó de funcionar. Mi mente, la pobre, abatida y derrotada, ni siquiera pretendía hablar. Se ocultó, no sé. Crucé hasta Canon Street y entonces fue cuando le di al off. De alguna forma, el viaje había acabado. Y lo que buscaba en Londres, también. En una pequeña calle cercana a Covent Garden localicé un pub llamado El Cisne Blanco. Me tomé la pinta a la salud de la señora Blixen. Después, regresé al hotel.
Extracto de los días en Londres. Enero 2016

RECUERDOS LONDINENSES... MENSAJE FINAL

The Gherkin. Londres. Copyright foto:Teresa Morales. Hoy, el sol, conocedor de mi cumpleaños, pidió permiso a las nubes para quedarse un rato más. Ha iluminado la despedida; las llamadas de mi familia y amigos; la meditación en la habitación mientras el resto de dormía; los ángeles del paraíso de Botticini en las salas de la National Gallery; la sonrisa de Nelson, cómplice desde su columna; la expresión del dependiente de Waterstone que me vendió el libro-capricho que me acompañará hasta el día que mi alma decida no estar aquí: The Fox and the Star, de Coralie Bickford-Smith; la historia vital de Nurdin, el empleado del Tube que nació en Eritrea; y hasta, tengo la sensación, de que el astro rey le puso más sabor a la espuma del Latte que me preparó Anna, la recepcionista del hotel.
Y ahora, surcando las nubes en el interior de un avión, a no sé cuántos pies, regreso a casa otra vez. Dijo el lama Chime que a veces uno va a la India a buscar un maestro, pero no lo encuentra. “Las cosas negativas que nos ocurren, las dificultades de la vida, son nuestro maestro. Ellas son nuestra oportunidad para transformar lo negativo en positivo. Por eso, no hay que irse lejos, porque el maestro está muy cerca. Tan cerca, que Buda está en nuestro interior”.
Extracto de los días en Londres. Enero de 2016

LA VIDA SIN TI

Llegando a Ávila. Copyright foto: Teresa Morales 
Ignoro si te has ido triste o contenta. Agitada o en calma. Ignoro si atisbabas lo que ocurriría tal día como hoy, creo que de madrugada. No sé. Ignoro si llegaste a ver, como visionaria, que se acabarían los días, las horas, los minutos, como así ha sido hoy. Pero desde aquí, con la imagen del cielo que me trajo a Ávila ayer, te mando una sonrisa. De las tantas que tú devolvías o adelantabas. Y mi agradecimiento al valor que siempre aprecié en ti. Tal vez estos dos sencillos tesoros te puedan acompañar en tu caminar hacia mundos más luminosos. Que sean un buen guía, y te abran las puertas para un renacer espléndido, alegre y lleno de plenitud. Me acercaré mañana para darte el último adiós. Y sí, lo sé. Después, en cuanto pueda, te llevaré flores como, creo, me has hecho prometer. 
Que tengas buen viaje, María.  Que tengas un precioso y esperanzador viaje hacia un cielo mágico como el de ayer.

LA DE LA MEDIA ALMENDRA Y EL SEÑOR GATO

Siempreviva. Ávila. Copyright foto: Teresa Morales.
Los cuentos de "la de la media almendra" y el señor gato comenzaron en un callejón de Roma, a escasos metros de la via del Babuino. Fue allí, cuando "tía Paloma", la gran Paloma Gómez Borrero, llamó por primera vez. No sabía muy bien qué podía ofrecerme ni cómo ayudarme, pero llamó porque se lo habían dicho, y lo intentó. Aquella voz que durante toda mi vida me había acompañado a través de la radio y la televisión se aposentó en mi verano romano de 2010, con una naturalidad pasmosa, como si aquello, acercarse a los discípulos con tanta familiaridad, fuera lo más habitual en la rutina de los grandes maestros. Charlamos, me presenté, me propuso y no tardé en decirle sí a su invitación. A los pocos días, en esa misma semana, fui a su casa. Cerca, muy cerca del Vaticano, como no podía ser de otra manera. Y allí estaba ella, radiante y vivaz, como siempre. Y ahí estaba yo: pastas en mano (como me había enseñado mi abuela) y no demasiado formal. No recuerdo ya si lo que aplaudió fue mi vestimenta o si precisamente eso fue lo que criticó, como lo haría la mejor de las tías, aleccionando amorosamente y con mucho sentido del humor. El que nunca le faltó, como bien saben todas las personas que la han tratado. Y así comenzó el cuento. Luego, de tan bien que nos caímos y de lo mejor que nos entendimos, la hora del té se convirtió en comida; primero en una; luego en dos; y así hasta las suficientes como para dejar de contar. El trayecto desde mi casa a la suya, de noche o a media tarde, se convirtió en un dulce paseo para Flaminia, esa bicicleta roja que compré en Porta Portese, sobre la que pedaleé vias, vicolos y piazze, y cuyos últimos días en la Ciudad Eterna disfrutaron también del hogar de tía Paloma, como me gustaba llamarla. "Teresa, carissssssima, que tienes que venir a recoger la cesta", me decía. Y la cesta, si no la tiró, aún permanece ahí.
Cuando la etapa romana se extinguió, y regresé a España, la maestra jamás me abandonó. Siguió cerca, muy cerca, cogiéndome del cogote para que las corrientes de los abismos de la nada no me arrastraran hacia vete tú a saber qué. Me volvió a arropar personalmente una y otra vez; a servir durante la hora del almuerzo la ración que el bueno de tío Alberto preparaba con santa y devota paciencia; y a ofrecerme, sin protocolos ni miramientos, casa, familia, emoción, proyectos, aprendizaje... En fin... ¡Qué decir!
Se reía de las cantidades que yo comía, ínfimas en comparación con las que ingerían ellos dos; allí, en Roma, o aquí, en Madrid; y con su ingenio me bautizó: la de la media almendra. Llegaban entonces algunas de sus vecinas, o alguna de sus amigas, y me presentaba. Y no era Teresa, no, sino la de la media almendra. Y así me quedé. Luego, en sus mails, preguntaba por Ganesh, el señor gato. Imploró para que lo llevara de nuevo a Roma, porque a tío Alberto le encantaban los felinos y "un gato, durante unos días, le vendría muy bien", decía. Pero nunca me acabó de convencer. Aún así, el felino siempre tenía maullidos cariñosos para ella. Y ella para él. Aunque solo fuera porque era consciente de lo importante que era para mí ya que los gatos, que yo sepa, no le hacían ni fú ni fá. 
Y ahora. Bueno. Una vez más me ha vuelto a pasar. La maestra se ha ido sin avisar. Al igual que se fue el poeta, ese Ángel Amézketa que junto con Paloma y otros personajes de mi etapa romana (desde Sheila McKinnon hasta Mario García, pasando por el que fuera cónsul de España durante 2010, Eduardo de Laiglesia, y ese gran amigo y misionero dominico, Miguel Ángel San Román) apadrinaron y protegieron mi aventura italiana, aquella que jamás soñé, y que, curiosamente, me dio la mayor dosis de felicidad. Pero hoy, entre las teclas de este ordenador que se pagó gracias a los trabajos que Paloma se encargó de sembrar en mi perfil profesional para que la periodista que llevo dentro no se extinguiera, la he vuelto a sentir a través de mí, inquieta y vital. Cariñosa con los expertos y entrevistados; entusiasta; amena; afable; y casi, casi, hambrienta de más y más. 
Hizo que Roma fuera entrañable para mí. Y tuvo la virtud o mejor dicho, el don de Dios, de convertir mis años posteriores, aquellos en los que podría haber tirado la toalla por todo, en tiempo de esperanza, amor y fe. Descubrí la esencia de Lolek gracias a ella; y, con sus constantes elogios, también me ayudó a crecer, haciendo que la propia Teresa creyera más en sí. Es decir, en mí. No hace tanto de eso. 2010, 2011, 2012, 2013... Como si hubiera sido ayer. Como si siempre hubiera sido así. 
Carissssssssssima Paloma, como te gustaba dirigirte en los mails, no he podido ni he sabido cumplir con mi palabra de esa última comida a la que me invitaste y que te prometí, y que por a o por b, al final, no fue. Así que, tendré que esperar a que lleguen nuevos tiempos en los que reencontrarnos para pedirte perdón, y ser yo la que te invite a ti. Lo haremos rodeadas de escenarios etéreos y de manjares, supongo, más divinos que terrenales, con los que, probablemente, seguiré comiendo, según tú, la mitad de lo que lo hace un ser normal. Prometo, eso sí, acuérdate de recordármelo, llevar vestimentas más apropiadas para la ocasión. Cambiaré las pastas italianas por mantecados de algún pueblo o, mejor aún, por las yemas de esa Santa que fue quien nos unió por última vez. Aquí, en la ciudad de los muy nobles y leales caballeros, donde la gran Teresa se encargó hace siglos de abrir las puertas de unas moradas que, seguramente, ahora son tu estancia y tu dulce mansión. 
Gracias, mil gracias, por todo lo que hiciste por mí. Pero, sobre todo, por esa familiaridad y ese campechano amor con los que me incluiste en tu siempre ajetreado e intenso vivir. Que allá donde estés te encuentres bien, alegre, entusiasta, risueña y vital. Sempre, sempre, sempre. Un abrazo lleno de cariño y amistad. Teresa. 

LA OPORTUNIDAD DE VOLVER A VER

Un rincón en Roma. Copyright foto: Teresa Morales 
Yacía tumbada sobre el banco de madera, en la terraza de la casa de mi amiga Sheila. Al abrigo de la atmósfera romana en esa siempre entrañable y familiar via Margutta. El sol se colaba discretamente por las estrecheces de aquel techo de cañas que durante tantas noches y tantas cenas me cobijó. Me olvidé por un instante de las formas y, en aquel momento, solo vi luz y una preciosa combinación de colores que me parecía tan mágica como irreal. Y no, no es una redundancia. A veces existe la fortuna de experimentar la magia de una forma real. Probablemente, esto mismo es lo que quizás han llegado a sentir los miles de niños y adultos de algún lugar remoto del planeta  (desde las aldeas recónditas de Burkina Fasso, hasta las villas humildes de casas más de hojalata que de hormigón de paisajes andinos en los que una vez tuve la suerte de estar). Hablo de niños y adultos que se pusieron en manos de las cientos de personas que dan voz y sentido a la organización española PODERVER. Una asociación compuesta por once organizaciones no gubernamentales de nuestro país que se dedican a la prevención de la ceguera. Ellos, poquito a poquito, dan testimonio de su presencia, y por increíble que parezca, lo hacen con cierta discreción a pesar de que el mérito que acumulan es demasiado grande para pasar desapercibido. Solo diré que, tal y como conozco por muy buena fuente, cada uno de los más de 100 oftalmólogos que están asociados dedica parte de su tiempo libre, sus conocimientos, recursos y medios (personales y profesionales)  a curar a quienes no ven. En Bolivia, Perú, Etiopía, Ecuador, Kenia, India, Tanzania, Nicaragua... La lista sigue hasta llegar a dar cifras que todos, sin excepción, deberíamos aplaudir. Más de 10.000 intervenciones quirúrgicas para evitar la ceguera, más de 160.000 personas atendidas para mejorar su vista, más de 6.300 gafas ofrecidas para que un par de cristales devuelvan la vida, no solo a una niña o a una mujer, sino a una comunidad entera. Porque, he aquí lo grandioso: la niña que no ve, no puede ir a la escuela. Abandona los estudios y su futuro se resume en atender a la familia, en el mejor de los casos. En el peor, será víctima de infiernos que prefiero no relatar. No podrá hacer cuentas, ni leer, ni comprender, ni defenderse. Ni llegar a tener voz ni voto en su sociedad. Pero un par de cristales, una simple graduación, le da la oportunidad de continuar trazando líneas, letras, sílabas, palabras y frases sobre el pentagrama de conocimientos que le catapultará hacia la libertad y su propia evolución. 
Hoy, rescato esta fotografía para reivindicar la luz, la que tantísimas  personas que no podían ver ya son capaces de atisbar, percibir, observar y finalmente plasmar... ¡quién sabe dónde! Sobre una hoja de platanera. Puede ser. Sobre la arena de esa pista de tierra que conforma el acceso a su ir y venir. Tal vez. Sobre la superficie en blanco de un papel que una doctora les dio. ¡Por qué no! Da igual el dónde y la forma, lo importante, una vez más, es abrir bien los ojos y saber que se ve. Que la magia no pertenece al mundo de los sueños de noches de oscuridad, sino que es y puede ser tangible y muy, muy real.